Kirk (1984) relata que los mitos mesopotámicos están repletos de dioses con el oculto deseo de borrar a los hombres de la faz de la tierra. Este tema de la destrucción divina tiene sentido, incluso en términos míticos, en Mesopotamia donde los hombres se consideraban como seres creados con un solo fin: ser siervos de los dioses, ahorrarles el trabajo de procurarse la comida y la bebida y cuidar de sus templos.
Los griegos y, en gran medida, también los egipcios eran ajenos a conceptos como éstos. Los hombres y los dioses viven juntos en el mismo mundo, forman parte del mismo orden de cosas. Píndaro los consideraba, en cierto sentido, como descendientes de la misma madre, la tierra; y además los hombres descendían también de los héroes y los héroes más importantes eran hijos de un dios o de una diosa. A condición de que se los tratase adecuadamente, los dioses griegos eran normalmente benignos o, en el peor de los casos, distantes. Si se les desatendía o se les ofendía, eran peligrosos pero hacían distinciones. (Detienne, 1985)
En efecto, sus mitos no dicen apenas nada sobre el tema o dejan un vacío que ha de llenarse con etimologías populares, como la creación de Deucalión a partir de las piedras. "La Teogonía" y "Los trabajos y los días" de Hesíodo, en los que podría esperarse encontrar algo sobre el tema, dedican una gran atención a la creación de la mujer, pero en cuanto a los hombres, parece darse por supuesto que existen; cómo y por qué fueron creados sigue siendo algo misterioso (Kirk, 1984) 




